Autor:
LUIS PENTES.
EL NOVIAZGO
Y MATRIMONIO EN TIEMPOS DE MARÍA.
Al sexto mes fue enviado
por Dios el ángel Gabriel
a una ciudad de Galilea, llamada
Nazaret, a una virgen desposada
con un hombre llamado José,
de la casa de David; el nombre
de la virgen era María.
(Lc 1, 26-27)
¿Virgen y Desposada
con un hombre?. Quizá
nuestra visión actual
del mundo hace difícil
entender el uso simultáneo
de dichos calificativos. Sin
embargo esta situación
era natural en tiempos de María,
aún más: lo contrario
resultaba sorprendente, por
no decir ignominioso y merecedora
de pena de muerte en cierta
etapa del proceso matrimonial.
Para comprenderla debemos ubicarnos
en ese tiempo y echar un vistazo
al ambiente cultural y religioso
judío con respecto a
la mujer de ese entonces.
De niñas, muchachas
y adultas.
En tiempos de María,
la distinción de la mujer
en niña, muchacha y adulta
se hacía atendiendo,
antes que al desarrollo físico,
al grado de dependencia de la
figura paterna (patria potestas)
y a la aptitud de poder ‘contraer
nupcias’ y por lo tanto
de pasar a ser propiedad de
otro varón: el marido.
Una niña,
era tal, desde su nacimiento
hasta la edad de doce años
y un día. Puede parecer
en principio un poco antojadizo
fijar «doce años
y un día» en vez
de «doce años»
pero si nos ponemos a pensar,
esta expresión es equivalente
a fijar el período hasta
el día de cumpleaños
número doce inclusive.
En efecto, si una persona nace,
digamos como ejemplo, un primero
de enero, el primero de enero
del año siguiente será,
aparte de su primer cumpleaños,
el día número
366 de su vida, o lo que es
lo mismo, estrá viviendo
su «primer año
y un día».
La menor de edad estaba bajo
la ‘patria potestas’
que era significativamente amplia
y en la que el padre tenía
todo el poder sobre la hija.
Como ejemplo ilustrativo citamos
el que ella no tiene derecho
a la posesión de bienes:
el fruto de su trabajo, lo que
encuentra, recibe de regalo,
o llega a sus manos de cualquier
forma válida, pertenece
al padre.
Una muchacha,
lo era, desde los doce años
hasta los doce años y
medio. Es en esta edad cuando
generalmente es solicitada en
matrimonio. Su padre es el representante
legal, es quien debe aceptar
o rechazar dicha petición
de matrimonio. Ella no tiene
derecho a impugnar el pretendiente,
en todo caso lo más que
puede hacer es manifestar el
deseo de permanecer en la casa
paterna hasta cumplir la mayoría
de edad antes de convivir con
el esposo.
Y tomando (Jesús)
la mano de la niña,
le dice: «Talitá
kum», que quiere decir:
«Muchacha, a ti te digo,
levántate.» La
muchacha se levantó
al instante y se puso a andar,
pues tenía doce años.
(Mc 5,41-42)
El relato de la resurrección
de la hija de Lázaro
en el evangelio de Marcos, nos
ofrece un conmovedor ejemplo
del uso del término “niña”
y “muchacha”, en
este caso aplicado a la misma
persona. Estando muerta, se
la denomina niña y luego
en la resurrección, muchacha,
dándonos a entender que
desde ese momento tiene edad
de ser pedida en matrimonio,
en este caso, un matrimonio
espiritual con Dios.
Finalmente, la mujer llega
a la edad adulta,
después de los doce años
y medio. Es la edad en que ya
la mujer debe estar casada,
o al punto de hacerlo. Generalmente,
aunque el matrimonio no se haya
efectuado en forma completa,
ya se han celebrado los esponsales
y se ha estipulado el contrato
matrimonial. La potestad ahora
la ejerce el esposo.
Los esponsales.
Pues bien, ¿qué
eran los esponsales?. Los esponsales
significaban la adquisición
de la novia por el novio y tenían
lugar a una edad extraordinariamente
temprana, generalmente entre
los doce y doce años
y medio, es decír en
el período que según
hemos visto se pasa de la niñez
a la condición de mujer
adulta.
La prometida pasa a llamarse
desposada del novio. y se establece
lo que podríamos llamar
un vínculo jurídico.
El hombre, sin todavía
convivir con la mujer, es considerado
baealah – “señor”
de la prometida y puede ya,
si se da el caso, repudiarla
por un acta de divorcio (Deut.
22.23-24)., incluso la desposada
puede ser condenada a muerte
por lapidación en la
plaza pública según
el Levítico, en caso
de adulterio.
Durante los esponsales, la prometida
guarda cuidadosa virginidad.
Según las costumbres
imperantes en Galilea, nos informa
Flavio Josefo, los novios podían
tratarse sí, pero no
podían estar solos.
Al final de los esponsales y
previo a la celebración
del matrimonio propiamente dicho,
se designaban dos mujeres para
comprobar si la novia estaba
íntegra. Si se constataba
que había perdido la
virginidad, caía sobre
ella la maledicencia, llamándosele
"harufa",
fuerte expresión que
significa “la violada”.
La celebración
del matrimonio.
Pero a medianoche se
oyó un grito: "Ya
viene el esposo, salgan a
su encuentro". Entonces
las jóvenes se despertaron
y prepararon sus lámparas.
(Mt 25,6-7)
Al término de los esponsales,
que duraba aproximadamente un
año, se celebraba el
matrimonio. Se lo hacía
con grandes festejos, que duraban
varios días y se realizaban
por separado en casa de ambos
esposos.
Al llegar la noche del último
día, el esposo, rodeado
de sus amigos que llevaban antorchas,
se dirigía a la casa
de la esposa, donde esta lo
esperaba junto con sus amigas,
que tenían lámparas
de aceite encendidas.
Después, todos se encaminaban
a la casa del esposo donde se
realizaba la gran cena de bodas.
Ubicados en este contexto, adquieren
significación los versículos
de Lucas. María estaba
en sus esponsales cuando le
es enviado el ángel Gabriel.
El sí de María.
«Vas a concebir en
el seno y vas a dar a luz
un hijo, a quien pondrás
por nombre Jesús. El
será grande y será
llamado Hijo del Altísimo,
y el Señor Dios le
dará el trono de David,
su padre; reinará sobre
la casa de Jacob por los siglos
y su reino no tendrá
fin.» (Lc 1,31-33)
Colocados en este marco de
costumbres y modo de vida, uno
no puede menos de estremecerse
al tomar conciencia de toda
la dimensión que adquiere
el “Hágase en mí
según su palabra”
de María.
Hacer caso de la petición
del ángel significaba
quedar grávida en la
época prematrimonial
con todas sus consecuencias.
Sólo una madurez sorprendente
para su edad, una fe inquebrantable
y un total abandono en la Providencia
Divina quiebra cualquier indicio
de temor que pudiera haber tenido.
Quizás por eso fue la
elegida desde la eternidad como
"La madre de mi Señor"(Lc
1.43)
|